Jairo Ruiz Clavijo
Después del derrumbamiento de su escondite en la barranca, Miguel había caído preso. Casi 2 años estuvo esposado -solo- en una celda.
Recién salido de la cárcel, deambula por los caminos paría, andrajoso, sin partido porque sus camaradas del partido comunista sospechan que el dictador Martínez lo ha dejado libre a cambio de traición. No tiene trabajo porque el dictador impide que se lo den, no tiene mujer porque lo abandonó llevándose los hijos. No tiene casa, ni comida, ni zapatos, y ni nombre siquiera porque está probado que Miguel Mármol no existe porque fue ejecutado en 1932.
Decide acabar de una vez y abrirse las venas de un machetazo. Ya está alzando el machete cuando por el camino aparece un niño a lomo de burro: lo saluda y revoloteando el un enorme sombrero de aja le pide el machete para abrir un coco. Después le ofrece la mitad del coco abierto, agua de beber y pulpa de comer. Y Miguel bebe y come como si ese niño desconocido lo hubiera invitado a una espléndida fiesta, y se levanta y caminando se va de la muerte.
Y así ocurre el octavo nacimiento de Miguel Mármol, a los treinta y un años de su edad.
(Miguel Mármol, Los sucesos de 1932 en El Salvador, La Habana, Casa de las Américas, 1983)

