Colombia, un país que sabe a cultura

marzo 28, 2026 Yulder Jiménez

Por: Lenyd Angélica Riaño, docente de la Escuela Negocios y Desarrollo Internacional de la Universidad Politécnico Grancolombiano.

A veces creo que los colombianos todavía no dimensionamos el tesoro que tenemos servido en la mesa. No me refiero solo a un plato típico o a la nostalgia que despiertan ciertos sabores, sino a la posibilidad real de convertir nuestra gastronomía en un motor cultural, económico y turístico de gran alcance.

En un país que suele hablar de turismo desde la naturaleza, la aventura o la diversidad geográfica, me sorprende que aún no entendamos que la cocina también es paisaje, memoria y oportunidad.

En los últimos años he visto un interés creciente por viajar para comer, conversar y descubrir cómo se prepara aquello que nos representa. Sin embargo, cuando miro de cerca el panorama, noto una brecha entre el potencial inmenso que tenemos y la manera en que lo estamos aprovechando.

Colombia ya genera miles de empleos y más de 56 billones de pesos al año gracias al turismo y a la gastronomía; aun así, seguimos sin una identidad culinaria claramente posicionada frente al mundo. Tenemos regiones que lo tienen todo, productos únicos, técnicas ancestrales, tradiciones vivas, pero nos falta convertir ese patrimonio en una narrativa coherente y visible.

Me pasa algo cada vez que viajo por el país, es que descubro que detrás de cada plato hay una historia que no siempre se cuenta. Allí está el campesino que cultiva en suelos biodiversos, la cocinera que resguarda una receta que viajó con su familia, el pescador que conoce los ritmos del mar.

Pero esas voces rara vez se integran en la experiencia turística. Y, sin embargo, es justamente esa experiencia, la que conecta sabores con relatos, productos con territorio, la que podría diferenciar a Colombia en un mercado internacional cada vez más competitivo.

Si queremos fortalecer nuestro turismo gastronómico, tenemos que asumir que no basta con mostrar un buen plato ni con abrir más restaurantes, es necesario construir una experiencia que involucre al visitante desde el origen del ingrediente hasta la mesa donde lo probará.

Y eso implica reconocer otra verdad incómoda: la gentrificación y el aumento de los costos están expulsando a muchos emprendedores y encareciendo la operación gastronómica, especialmente en ciudades donde la presión inmobiliaria ha tomado fuerza. No es fácil innovar cuando sobrevivir ya es un desafío.

También veo una oportunidad enorme en las plazas de mercado y en el turismo rural, esos espacios donde realmente se siente la identidad culinaria del país, siendo necesario revitalizarlos para que sigan siendo escenarios de encuentro, aprendizaje y cultura. Allí se escucha la historia de los territorios en la voz de quienes los habitan, y eso vale tanto como cualquier plato premiado.

No podemos olvidar que detrás de la sostenibilidad también hay un mensaje político y ético. El turismo regenerativo, ese que propone ProColombia, no solo atrae visitantes conscientes, sino que ayuda a proteger ecosistemas, oficios y saberes que están en riesgo. Me gusta pensar que cada turista que comprende el origen de un alimento se convierte, de alguna manera, en un aliado de la conservación.

Colombia tiene con qué posicionarse como un destino gastronómico de talla mundial, pero para lograrlo debemos pasar de la emoción al propósito. Necesitamos inventarios serios de patrimonio culinario, rutas que articulen regiones y una estrategia que no tema reconocer nuestras complejidades.

Sobre todo, debemos entender que la gastronomía es un lenguaje cultural que cuenta quiénes somos. Ojalá que, en los próximos años, el país se atreva a hacer de su cocina un proyecto de nación, porque si algo he aprendido mientras escucho a cocineros, productores y viajeros, es que la verdadera riqueza de Colombia está servida hace rato.

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