El vecino de Colombia donde puedes pescar tu cena, cosechar café y entrar a los mercados como un local
Los viajes gastronómicos suelen asociarse a reservar una mesa en un restaurante famoso y probar platos difíciles de encontrar en otro lugar. Hoy la tendencia parece estar cambiando. Cada vez más viajeros buscan involucrarse en el proceso, conocer a quienes producen los ingredientes, aprender técnicas tradicionales y descubrir las historias que hay detrás de la comida.
Esa transformación está encontrando en Panamá uno de sus escenarios más atractivos. La propuesta ya no gira únicamente en torno al sabor. El país ha construido una oferta donde cocinar, cosechar, pescar o recorrer mercados forma parte de la experiencia turística.
La ruta comienza en regiones como Boquete, en Chiriquí, donde visitantes de distintos países llegan a las fincas cafeteras para conocer de cerca los procesos de cultivo, fermentación y tostado que han convertido al café panameño en un referente internacional. Allí también es posible degustar la variedad Geisha de altura, reconocida por su rareza y por la complejidad de sus perfiles aromáticos.
El recorrido gastronómico toma un rumbo distinto en territorios indígenas y comunidades rurales. En zonas cercanas a Bocas del Toro, viajeros pueden participar en talleres culinarios donde se comparten recetas ancestrales y conocimientos transmitidos durante generaciones. Una de las experiencias más llamativas se desarrolla junto a la Organización de Mujeres Unidas de Bonyic, integrada por mujeres indígenas naso que enseñan procesos de cosecha, transformación y preparación del cacao.
La relación entre cocina y territorio también se hace evidente en las costas del Caribe y del Pacífico. Allí, algunos recorridos permiten acompañar a pescadores locales durante sus jornadas en el mar y posteriormente llevar la captura a restaurantes frente a la playa para su preparación. El resultado es una experiencia que conecta directamente al visitante con las tradiciones de las comunidades costeras.
Los mercados se han convertido en otra puerta de entrada para conocer la cultura local. Espacios como el Mercado de Mariscos y el Mercado San Felipe Neri reúnen productores, ingredientes de temporada, cocineros y visitantes en recorridos donde la gastronomía funciona como vehículo para entender la identidad panameña.
La experiencia culinaria también encuentra espacio en el mundo de las bebidas. Destilerías locales abren sus puertas para mostrar los procesos de elaboración del ron, mientras que en el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá aparecen bares especializados que exploran nuevas interpretaciones de este producto tradicional.
Buena parte del atractivo radica en la diversidad cultural que caracteriza al país. La cocina panameña combina herencias indígenas, influencias caribeñas y aportes de migraciones que dejaron huella en la vida cotidiana. Un domingo cualquiera puede comenzar con un tradicional dim sum compartido entre familias locales y terminar en un menú de degustación donde ingredientes ancestrales son reinterpretados por chefs contemporáneos.
La gastronomía se convierte así en una forma de recorrer Panamá desde otra perspectiva. No se trata únicamente de sentarse a la mesa. La invitación es participar en la historia completa, desde el origen del ingrediente hasta el plato final.
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