La epidemia oculta del siglo XXI: el impacto de la soledad y la ansiedad en la juventud colombiana

septiembre 25, 2026 • Yulder Jiménez

Para algunos jóvenes, la hiperconexión digital convive con la dificultad de encontrar a alguien con quien hablar sobre lo que les ocurre, de hecho, las dinámicas digitales pueden confundir y hacer creer que calidad es igual a cantidad. Jenny Cubillos Díaz, docente de Psicología de Areandina Bogotá explica que “estar conectados digitalmente no necesariamente significa sentirnos acompañados, escuchados o sostenidos”.

Investigaciones como las de Profamilia señalan que más del 50 % de los jóvenes entre 18 y 29 años en Colombia reporta síntomas significativos de ansiedad y depresión. Entre algunos de los factores que influyen en estas cifras se evidencia que los jóvenes que vivieron su preadolescencia y adolescencia durante la pandemia vivieron una reducción de oportunidades de interacción presencial que pudo afectar la práctica cotidiana de habilidades como iniciar conversaciones, interpretar gestos, resolver pequeños conflictos y manejar la incomodidad de los encuentros sociales.

De esta manera el regreso de los jóvenes a los espacios presenciales resultó mas exigente porque, a diferencia de los entornos digitales, la presencialidad requiere responder de manera inmediata a señales no verbales, sostener el contacto visual y tolerar cierta incertidumbre sobre cómo nos perciben los demás. Cuando esa incomodidad lleva a los jóvenes a evitar encuentros, puede aparecer un círculo difícil de romper: menos interacción presencial puede significar menos oportunidades para desarrollar confianza y practicar habilidades sociales.

La universidad puede ser un escenario fundamental para el desarrollo de habilidades de interacción y la prevención del aislamiento. Además de la formación profesional, la universidad ofrece oportunidades para construir vínculos y desarrollar habilidades sociales. Para Cubillos, esto implica promover espacios seguros y acogedores, hacer que pedir ayuda sea algo natural y facilitar canales de escucha que permitan identificar tempranamente señales de aislamiento, ansiedad, depresión o agotamiento.

La desesperanza juvenil, sin embargo, no puede explicarse únicamente desde lo individual. La precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda digna, la desigualdad, la incertidumbre económica y la presión constante por ser productivo y alcanzar el éxito forman parte del contexto que enfrentan muchos jóvenes. A esto se suma la comparación permanente en redes sociales, que puede generar la sensación de que los demás avanzan más rápido o alcanzan sus metas con mayor facilidad.

Estar solo tampoco significa necesariamente estar deprimido. Tener momentos de privacidad, estudiar, escuchar música o desconectarse puede ser completamente normal. Lo que debe llamar la atención es un cambio significativo y sostenido que empiece a afectar diferentes áreas de la vida: abandonar actividades que antes disfrutaba, alejarse de personas importantes, modificar radicalmente el sueño o la alimentación, presentar dificultades para estudiar o expresar sentimientos persistentes de inutilidad, tristeza o desesperanza.

“Cuando el aislamiento empieza a convertirse en una forma constante de evitar la vida cotidiana o los espacios de interacción porqué resultan incómodos, es una señal importante que merece atención y si es necesario la búsqueda de ayuda profesional”, señala Cubillos.

En ese propósito, el deporte, el arte y las actividades comunitarias pueden funcionar como factores protectores: participar en un equipo, hacer música, pintar, bailar o vincularse a una actividad colectiva genera oportunidades para relacionarse, cooperar y fortalecer el sentido de pertenencia.

En casa, el primer paso puede ser menos complejo de lo que parece: escuchar sin juzgar. Una pregunta como “Te noto diferente últimamente, ¿quieres contarme qué está pasando? puede abrir una puerta sin obligar al joven a hablar. Si existe preocupación por su seguridad, Cubillos recomienda preguntar directamente si ha pensado en hacerse daño o en que no vale la pena seguir. “Preguntar no provoca esas ideas”; puede permitir que la persona hable de algo que ha estado viviendo en silencio.

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