De buscar empleo a generar trabajo: la historia empresarial detrás de “Ricas picadas papi quiero piña
Por María Cristina Salas, #SomosYulderYCris
En la competitiva escena gastronómica de la Zona T, en el norte de Bogotá, donde conviven marcas consolidadas y propuestas efímeras, un emprendimiento santandereano ha logrado abrirse paso con una fórmula directa: producto contundente, identidad clara y disciplina operativa. Se trata de “Ricas picadas papi quiero piña”, el negocio fundado por Jerson Ruiz, un empresario que convirtió la falta de empleo en el punto de partida de su proyecto de vida.
La historia no inicia en una cocina profesional ni en una escuela de gastronomía. Comienza con una necesidad concreta: la imposibilidad de acceder a un empleo formal. Como muchos jóvenes que migran a la capital en busca de oportunidades, Jerson se encontró con un mercado laboral exigente y restrictivo. Sin capital significativo, pero con conocimiento empírico de la cocina tradicional santandereana y una red básica de apoyo, decidió apostar por lo que sabía hacer bien: preparar picadas abundantes, con sabor auténtico y precios competitivos.
El concepto fue claro desde el inicio. En lugar de diversificar la carta sin control, se concentró en un diferencial específico: el chicharrón crocante. No como acompañamiento, sino como protagonista. La textura, el punto exacto de cocción y la presentación se convirtieron en su sello. A esto sumó morcilla y cortes de cerdo preparados con técnicas tradicionales, apelando a un público que valora la cocina popular, generosa y sin pretensiones.
Instalarse en la Zona T no fue una decisión menor. Es un entorno de alta competencia, arriendos elevados y clientes exigentes. Para un emprendimiento emergente, el riesgo era considerable. Sin embargo, la ubicación también representaba visibilidad y flujo constante. Jerson entendió que, si lograba consolidar calidad y servicio, el mercado respondería.

Los primeros meses fueron de ajuste permanente: estandarización de recetas, control de desperdicios, negociación con proveedores y aprendizaje acelerado sobre costos reales. Uno de los principales retos fue mantener la consistencia del producto en horarios de alta demanda. El chicharrón, por ejemplo, requiere tiempos precisos; un error de minutos puede afectar textura y sabor. La solución no fue improvisar, sino sistematizar procesos.
Otro desafío fue el posicionamiento de marca. Con un nombre llamativo y coloquial, el emprendimiento apostó por una identidad cercana y fácilmente recordable. Las redes sociales, especialmente Instagram, jugaron un papel estratégico para mostrar el producto en tiempo real, destacar porciones generosas y capitalizar el voz a voz digital. En un segmento donde la imagen es determinante, la presentación visual se convirtió en una herramienta comercial.
Un punto de inflexión en el posicionamiento del negocio se dio cuando el reconocido influencer gastronómico Tulio Recomienda visitó el sitio, probó su chicharrón crocante y compartió la experiencia en su cuenta de Instagram. La publicación no solo validó públicamente la calidad del producto, sino que amplificó su alcance a miles de seguidores interesados en descubrir propuestas auténticas en Bogotá. A partir de ese momento, el flujo de nuevos clientes aumentó de manera notable, consolidando el reconocimiento de la marca y fortaleciendo su reputación en un mercado altamente competitivo.

Más allá del crecimiento en ventas, el logro más relevante para Jerson ha sido la generación de empleo. Lo que empezó como una alternativa individual para sobrevivir económicamente hoy permite ofrecer trabajo a varias personas. Cocineros, auxiliares y personal de atención forman parte de una cadena que impacta directamente en sus hogares. Esa transición —de buscar empleo a crearlo— redefine el sentido del emprendimiento.
“Ricas picadas papi quiero piña” no es solo un local de comida; es la evidencia de que el emprendimiento, cuando se basa en una propuesta clara y disciplina constante, puede transformarse en una plataforma de movilidad social. La historia de Jerson Ruiz no romantiza la dificultad: la reconoce. Pero también demuestra que la necesidad, bien canalizada, puede convertirse en empresa.

En una ciudad donde miles buscan empleo cada día, su experiencia envía un mensaje concreto: identificar una habilidad, convertirla en propuesta de valor y ejecutar con consistencia puede abrir puertas que el mercado laboral formal cerró. Y en este caso, lo hizo con el sonido inconfundible de un chicharrón perfectamente crocante saliendo de la cocina.
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